CIUDAD GUZMÁN, JAL., (ES).- El 25 de marzo de 1806, Zapotlán el Grande vivió una de las jornadas más estremecedoras de su historia. En el templo principal, más de dos mil personas se encontraban reunidas para escuchar el sermón del padre Francisco Núñez, en el marco de la celebración de la Encarnación de María. Todo transcurría con normalidad hasta que el suelo comenzó a sacudirse con una violencia inusual, descrita por los testigos como el embate de un caballo desbocado.
La reacción fue inmediata: confusión, miedo, gritos. El sacerdote descendió del púlpito intentando asistir espiritualmente a los fieles, mientras el edificio empezaba a ceder. En cuestión de instantes, siete de las ocho bóvedas del templo colapsaron, sepultando a la multitud que, sin posibilidad de escapar, quedó atrapada bajo los escombros. La escena fue devastadora.
Las horas posteriores no trajeron calma. Durante la noche y los días siguientes, las réplicas mantuvieron a la población en constante zozobra. Muchas familias abandonaron lo que quedaba de sus casas y buscaron refugio en espacios abiertos, como la plaza, o en las afueras del pueblo. El registro de la época contabilizó 1,533 viviendas afectadas y 283 personas fallecidas, todas ellas en el interior del templo.
Ante el riesgo de enfermedades, las autoridades decidieron derribar completamente la estructura colapsada, dejando los cuerpos bajo los restos del edificio. La medida, aunque drástica, respondía al temor de una posible epidemia. La vida cotidiana quedó suspendida: no solo por la pérdida material y humana, sino por la interrupción de las prácticas religiosas que articulaban la vida comunitaria. Días después, se levantó una construcción provisional en la plaza para retomar el culto.
El impacto no se limitó a lo visible. Los sobrevivientes arrastraron secuelas físicas y emocionales. El propio padre Núñez relató dolores persistentes tras haber quedado entre los escombros. Entre los heridos, muchos evitaron atención médica por miedo o desconfianza, mientras otros permanecían en un estado de aturdimiento que les impedía asimilar la pérdida de sus seres queridos.
En medio del desastre, también emergieron formas de apoyo. Personas que lo habían perdido todo fueron auxiliadas con alimentos, mantas y atención básica, encontrando resguardo en espacios como el Hospital de Indios. La comunidad, atravesada por el dolor, comenzó lentamente a reorganizarse.
Este episodio, conservado en documentos históricos, revela no solo la magnitud de la tragedia, sino la fragilidad de una población frente a un fenómeno repentino. También deja ver cómo, incluso en condiciones extremas, la respuesta colectiva —marcada por la fe, el miedo y la solidaridad— permitió a Zapotlán el Grande levantarse entre sus propias ruinas.

