La Erupción de 1913: Cuando el Volcán Convirtió el día en Noche
Se cumplen 113 años de la erupción más intensa que registró durante el siglo XX el volcán antes conocido como el volcán de Zapotlán y hoy identificado como el Volcán de Fuego de Colima. El 20 de enero de 1913, la montaña alteró el curso del día y la vida de cientos de comunidades, dejando una huella que todavía hoy se recuerda en relatos, archivos y memorias compartidas.
Aquella mañana, antes del amanecer, comenzaron pequeñas explosiones que anunciaban lo que vendría después. Conforme avanzaron las horas, el suelo retumbó y una enorme columna se elevó sobre el cráter. Para el mediodía, el cielo se cerró por completo. La luz se extinguió y una lluvia espesa de arena y ceniza cayó sobre Zapotlán el Grande, cubriendo calles, azoteas, sembradíos y jardines con una capa gris de varios centímetros.
El fenómeno convirtió la tarde en noche. Relámpagos cruzaban la nube volcánica mientras descargas eléctricas sacudían el aire. Los cultivos jóvenes quedaron sepultados y la ciudad adquirió un aspecto irreconocible, como si hubiera sido trasladada de golpe a un paisaje desértico. La actividad disminuyó hasta entrada la noche, cuando la luna volvió a hacerse visible y el silencio regresó de forma gradual.
Aunque en los registros históricos del estado de Colima no se documentan muertes directamente asociadas a la erupción de 1913, el volcán sí ha cobrado vidas en otros momentos y contextos. El ejemplo más doloroso ocurrió el 16 de octubre de 1955, en Atenquique, cuando un lahar —una violenta corriente de agua, lodo y rocas— sepultó el poblado y provocó la muerte de 23 personas. Este episodio recordó que el peligro no siempre proviene del fuego o la lava, sino de los cauces que rodean al volcán.
La población que habita en sus cercanías ha aprendido, con el tiempo, a reconocer señales y a respetar los ciclos de la montaña. Los trabajadores del campo saben escuchar el sonido de las barrancas durante la temporada de lluvias y evitan exponerse a las crecientes repentinas. Sin embargo, la historia demuestra que asentarse en arroyos y cañadas sigue siendo una decisión de alto riesgo.
En 1913, la reacción social fue tan diversa como intensa. Muchas familias abandonaron la ciudad durante la noche, utilizando los trenes que se habilitaron para la evacuación. Otras buscaron refugio colectivo en los templos. La fe se convirtió en una respuesta emocional ante la incertidumbre: procesiones, oraciones y actos comunitarios acompañaron el temor de una población que no entendía del todo lo que estaba ocurriendo, pero que lo estaba viviendo en carne propia.
Mientras tanto, desde Colima, la erupción fue observada a distancia, casi como un espectáculo natural. Esta diferencia marcó una percepción desigual del volcán entre ambas entidades. Para Jalisco, la ceniza fue angustia; para Colima, contemplación. Esa distancia explica por qué el Volcán de Fuego no significa lo mismo para todos.
Más allá del riesgo, la montaña también ha sido fuente de riqueza. Las cenizas han fertilizado la tierra durante décadas, favoreciendo la agricultura y la ganadería. Aprender a convivir con el volcán implica reconocer esa dualidad: amenaza y beneficio, destrucción y fertilidad.
A 113 años de aquella jornada en que el día se volvió oscuro, el recuerdo no es solo histórico. Es una advertencia vigente. La memoria de 1913 y de tragedias posteriores como Atenquique subraya la necesidad de prevención, planeación y respeto por un volcán que sigue activo, recordándonos que la naturaleza no olvida y tampoco avisa dos veces.




