Opinión

Published on octubre 25th, 2021 | by lavozsur

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Participasiones – Llega el fin de la Feria

Ha pasado la feria. En la ciudad flota un aire frío. Un extraño sentimiento de ausencia se apodera de almas que hace poco se festejaban con tiros, enrosos, desfiles y la llegada de huéspedes que venían de cerca o de lejanas tierras. Todos se han marchado. Todo aparentemente ha vuelto a la normalidad. Pero en el fondo de los ánimos, digo, se percibe un extraño malestar. La economía de la familia se ha visto vulnerada por tantos gastos y excesos. La vida apunta con índice de hielo señalando la helada cotidianeidad. Los comercios están sin clientes. Los consultorios casi vacíos y sin pacientes. Y en las instituciones se marcha con un paso apretado esperando con desesperación la quincena próxima o el supuesto aguinaldo, detonante fortísimo de otra época de desembolsos, frenesí y abrazos efusivos…

Desde épocas remotas las ferias se han celebrado a la par que las festividades de santos taumaturgos y milagrosos. A la feria se ha sumado el comercio. El mercado de la Grecia antigua fue el ágora que era el lugar público de reunión; pero como ésta fue dedicada a las asambleas de carácter político, en las ciudades se estableció otro espacio llamado “deigma”, dedicado a la exhibición de mercancías. Los historiadores atribuyen a los romanos la introducción de los mercados y de las ferias. En Inglaterra la feria era el espacio para negociar y entablar alianzas debido a que las distintas tribus estaban siempre en guerra y la feria era un lugar de pacto y de tregua. El libro más antiguo que registra este fenómeno social es el “Treva Regis” o Feria de La Paz en la saga escandinava de Grettir. Este tipo de literatura le encantaba a Borges y no perdía la oportunidad de mostrarse como estudioso de estas lenguas euro-nórdicas. El mayor de los mercados, o ferias del pueblo inglés era el de Sturbridge. Allí los mercaderes exponían sedas, terciopelos, cristal de Venecia y Génova, lino de Dinamarca, hierro de España, alquitrán y brea de Noruega, vinos de Francia, España y Grecia. Estas ferias eran concesionadas con cédula de retribución a reyes, nobles u órdenes religiosas; éstas últimas, ya se dijo, aunaron la feria a la celebración de un Santo Patrono. La cédula del Mercado o feria de Winchester fue adjudicada al obispo de dicha ciudad para ayudarlo a construir la hermosa catedral gótica en el año 1094. Es la fecha más antigua que se conserva como memoria histórica.

Tomás Backet, arzobispo de Canterbury durante el reinado de Enrique II estuvo vinculado a numerosas ferias. El donatario tenía autoridad para exigir peaje sobre todas las mercancías vendidas y fijar precios por el usufructo de los puestos. Para que no hubiera disputa con el comercio establecido -esto es muy importante- obligaba a quienes poseían sus comercios locales a abandonarlos temporalmente y trasladarlos al lugar de feria para celebrar transacciones y libre competencia.

Las ferias del medievo eran centros de reunión de gentes de mal vivir. La feria de Sant Ivo se vio invadida de malandrines y prostitutas. La feria de Bartholomew cobró fama de reunión de ladrones, estafadores, mendigos. Un documento de 1448 la señala como “horrible corrupción de almas al comprar y vender con innumerables mentiras perjurios, borracheras y disputas a mano armada: feridos”. ¿Será por eso que nos sentimos mal después de la feria?

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