Las Últimas Lecciones de Juan José Arreola

Por Vicente Preciado Zacarías

De un tiempo para acá me cuesta mucho visitar al maestro Arreola en su casa de Guadalajara. Cada vez que me apersono en su sala repleta de libros y en medio de bellos muebles estilo francés, él toca invariablemente el tema de la muerte. Su muerte.

En apuntes que guardo, ya tengo anotado el 25 de diciembre de 1996 como la fecha en que comienza a ser visitado por ideas mortuorias. “Ya soy un despojo humano” me dijo ese día por teléfono, cuando le llamé para saludarlo con motivo de Navidad. En septiembre de ese mismo año, en medio de la plática, me preguntó de repente: “¿Y quién crees que se muera primero: tú o yo?” Y apenas si le pude contestar: “Eso solo Dios lo sabe, Maestro”. Cuando salí de su casa, llevaba un nudo en la garganta y una sensación de asfixia en mi corazón.

En cada visita me platica de sus dudas filosóficas, de sus problemas metafísicos, de sus estrictas relaciones con Dios. Me habla de las postrimerías de la carne, de la fugacidad de la vida, de las connotaciones que lleva al ir apuntando en su memoria la declinación sucesiva de sus facultades físicas, de la atrofia de sus piernas, de la inseguridad de sus pasos y… de la lucidez mental que aún lo gobierna. El otro día me dijo: “Ya quiero dejar de pensar. Ya quiero dejar de ser yo”. Y yo para animarlo un poco le dije: “Maestro, tú conquistaste el mundo con tu cerebro; no con tus pies”. Y agregué: “No eres Maradona”. Apenas pude lograr una leve sonrisa en su pálido rostro.

Y es que me duele mucho recordar que hasta hace poco él era un hombre ágil, resistente y vigoroso a más no poder.

Les voy a contar una hazaña de la que fui testigo. En el verano de 1970 fui a México a arreglar mi cédula profesional. De paso llegué al departamento de Juan José a saludarlo. Vivía entonces por Río de la Plata. Había en todo el departamento solo tres muebles: un catre, una mesa de ping-pong y una silla. Las paredes, en cambio, estaban tapizadas de libros. Una persona que estaba platicando con él, lo hacía sentada en una pilita de libros…

Lo invité a comer a un restaurante vegetariano en la esquina de Praga y Paseo de la Reforma. Durante la comida cayó un tormentón. Luego comenzó a caer granizo en forma de pequeñas piedrecitas. En pocos minutos la calle se cubrió con una gruesa capa blanca. Al ver el espectáculo, Juan José saltó de su asiento y salió disparado a la calle con los brazos abiertos, girando en círculos y con el rostro vuelto al cielo. Al pisar el granizo, comenzó a patinar por la banqueta, luego por la calle. Cae que no cae, cruzó patinando la avenida como un meteoro. En eso, dio vuelta un taxi y por poco lo atropella. Lo salvó el hecho de que el vehículo venía también patinando. Luego pasó entre dos coches con margen de unos cuantos centímetros. La gente gritaba a cada patinada. Yo me tapé la cara para no verlo. Cuando me atreví a separar los dedos para entreverlo, lo descubrí en la otra acera con los brazos abiertos y haciendo carabanas al público que lo aplaudía…

Y ahora, ese mismo hombre me platica que durante el día está a punto de caerse 20 veces. Que un simple escalón le resulta una barrera infranqueable. Me señala la muerte acurrucada en cada rincón. Pero que no le teme. Teme solamente perder el juicio. Se deposita, con todas sus dudas, en las manos del Señor. El viernes pasado me dijo: “Si la próxima vez que vengas, sale a abrirte Claudia (su hija) y le ves la cara larga y con ojeras, ya sabes que estoy en la Agencia del Toro. Allí te espero”. Son sus últimas lecciones. Me está enseñando a morir.

Dibujo de Rogelio Vargas

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