Cuando se han cursado muchos años de vida, cuando se ha recorrido un largo
camino, se puede volver la vista hacia atrás y contemplar en una tarde muy antigua
del mundo ciertos destellos que parpadean como luciérnagas en una honda noche
de verano alumbrando en nuestro cerebro, nunca la totalidad de los hechos y los
actos que vivimos, sino solo breves instantes cuya duración es de solo unos
segundos. Pero su imagen queda vívidamente impresa en el recuerdo. Los griegos
antiguos sostenían, a partir de sus filósofos, que este lugar en nuestro cuerpo era el
sitio donde habitaba el alma. Y este sitio lo ubicaban —los prehoméricos— en el
cerebro, en el hígado y en el corazón. No se ponían de acuerdo sobre el órgano
preciso de nuestra anatomía humana donde se archivaban estas instantáneas
emociones.
Y si un hijo, que no tengo, me dijera un día: “Papá, dime tres momentos
inolvidables de tu vida pasada; quiero decir, tres cosas que te hayan impresionado y
emocionado profundamente”. Lo primero que tendría que descubrir yo es que los
grandes momentos de mi vida no son ni fueron esos que la palabra misma “grande”
designaría como tales. No sería el momento que subí al Paraninfo de la Universidad
a recibir mi título, ceremonia a la que por cierto llegué tarde y cuando ya estaba
terminado el acto. No sería, tampoco, el momento en que entré a un templo de la
mano de una mujer que luego sería mi esposa, con un traje nuevo al que no había
alcanzado a llevar al sastre para cortarlo de las mangas que me quedaban largas y
que las llevaba sujetas con alfileres de “cabeza”, los cuales sentía con espanto se
iban tirando uno a uno durante el trecho al altar.
No sería el momento en que el papa Pablo Sexto se acercó a nuestro grupo de
médicos que veníamos expulsados de Praga (de un congreso), pues las tropas rusas
habían invadido el país. Recuerdo su rostro santificado por la gracia y su mirada
inmensamente azul cuando me tendió un Cristo de madera que aún conservo. No
sería tampoco el recuerdo de cuando subí a un estrado de entarimado rojo a recibir
de manos del presidente de la república un diploma, una medalla de oro y un
cheque por cincuenta mil pesos que luego tiré allí mismo y, de no ser por la
amabilidad de otro galardonado, lo pierdo y ni siquiera me entero de que lo había
recibido.
No. Los recuerdos vívidos en mi memoria y que han signado mi vida con una
emoción sencilla pero profunda son pequeños sucesos aparentemente
intrascendentes. No puedo olvidar la primera novela que leí en mi vida. Me la
recomendó mi padre Jaime Gil López. Su título es español es “Impaciencia del
corazón”. Es la historia de un soldado austriaco que es recibido en un castillo de
nobles: los Kekesfalva. Descubre a una mujer hermosa detrás de una mesa y unos
ramos de flores. Se le acerca y la invita a bailar un vals. Todo mundo queda en
silencio. La muchacha le planta un bofetón y rompe a llorar. Es Edith, una
muchacha malvada. Es paralítica y él no lo sabía: la mesa ocultaba su silla de ruina.
Ella se aprovecha de su amor compasivo y lo lleva a la ruina. Ella se lanza desde lo
alto del castillo el día que estalla la guerra y el soldado es movilizado. El autor
Stefan Zweig (se pronuncia Svaig) es el autor de otro libro que me hizo ir hasta el
Estrecho de Magallanes. Recuerdo el momento en que la azafata abrió la portezuela
del avión de LAN Chile y dijo: “Señores pasajeros, hemos llegado al fin del mundo”.
Y una racha de viento helado acuchilló mi rostro y heló mi alma.
Era cierto. Estábamos en el fin del mundo y en medio del invierno polar más
crudo que yo he conocido. No puedo definir a qué olía esa racha de viento helado.
Tal vez allí reside el misterio de su inolvidabilidad. Stefan Zweig se suicidó junto
con su esposa en Brasil al no poder soportar las noticias de las matanzas de judíos
en manos de los nazis en el año de 1942.

